La herencia de Narcosis

Han sido pocas las veces que un grupo musical ha logrado emanar de forma tan eficiente la energía anárquica de las movidas alternativas.

A veces, al estar escuchando por tanto tiempo las relucientes y envolventes producciones musicales modernas, mi oído se ve en la necesidad de experimentar un sonido que invoque sensaciones olvidadas. Fue en eso que me acordé de una clase que llevé en el curso de Seminario de Investigación, donde me enseñó un profesor músico Él nos hablaba acerca de cómo muchos artistas suelen evolucionar en su estilo de composición, de algo crudo y transgresor, a producir algo más liviano y agradable para las masas. En ese momento nos puso como ejemplo al caso de Wicho García, más que nada conocido por su rol de vocalista en Mar de Copas, pero cuyos leales seguidores conocen muy bien de sus inicios con Narcosis.

En el momento que recordé ese nombre, me puse a escuchar el que fue su único álbum, sacado en 1985: Primera Dosis. Y si, recordé involuntariamente a que era lo que se refería mi profe. Pero es que no se trataba solamente de un sonido agresivo, sino incluso de una producción, como le dirían los de la vieja escuela: subterránea. El sonido de la guitarra de Fernando Vial era puramente distorsionado, sobresaturado y sucio a más no poder. La batería de Jorge Madueño, de toque insípido, sin frecuencias bajas, golpeteos estrepitosos pero lejanos, platillo flaco y poco reluciente. La voz de Wicho entonaba con un notorio hartazgo y pesimismo, además de estar en parte opacada por los otros dos instrumentos. Y el bajo claro, no existía.

Narcosis fue una de las tantas bandas que durante los 80’s formó parte del circuito subterráneo, su lírica reflejó sustancialmente el trasfondo anímico de la movida. Foto: Renee Vargas.

Aquel álbum había sido realizado de forma totalmente independiente. Según lo documentó Carlos Torres Rotondo, usaron una grabadora portátil de cuatro cintas que le pertenecía a Madueño, y fue en la sala de este que se ubicaron, tocaron, y grabaron los instrumentos en simultáneo. Para lidiar con la ausencia del bajo, hicieron un puente del amplificador de la guitarra al del bajo, para que así la guitarra quedara con dos fuentes. Poca ecualización, sin filtros de posproducción, sin recortes ni fragmentos acomodados: orgánico con sus ocho letras. Una realización con un matiz anti-sistema que también se ve representado en sus líricas, las mismas que traen consigo un cargo de lamento y frustración que pocas veces se escucha tan auténticamente en una canción.

“Estás rodeado por las barreras que estacan tu mente (…) Estas dentro de una jaula que reprime todos tus instintos”, así dice la letra del tema ‘Represión’. Primera Dosis es el pergamino de un discurso que por aquel momento iba en contra de las convenciones conservadoras y los dogmas impuestos por las instituciones de poder. Su expresión violenta y anárquica se canaliza a través de un sonido estridente, resultado de esa ambición por la independencia total, una que se eleva en forma de espíritu radical y rebelde.

Las técnicas de producción artesanal delinean a la perfección el aura garajero y contracorriente que Narcosis buscaba emanar, recursos sonoros que conducen a sótanos aglomerados de multitudes sudorosas y arrebatadas de todo civismo. Muchos de quienes las integraban, probablemente incomprendidos y juzgados, cansados de permanecer encerrados en la celda del pensamiento tradicional. Como lo dijo el propio Wicho en una entrevista en el canal de La Habitación de Henry Spencer, buscaban demostrar que para hacer música, no necesariamente había que ser un músico, compositor o productor profesional.

Se reunieron en 2014 para ser invitados al Vive Rock de ese mismo año. También tocaron en la sexta edición de Vivo x el Rock en 2015. Foto: Cultura24.tv

Ni siquiera artista profesional, pues la portada del álbum era un dibujo muy simple hecho a mano, que sin embargo denotaba con crudeza y perversidad, lo que para Narcosis era una realidad. Y es que inevitablemente, cada letra en la música transmite una realidad distinta, algunas una versión más optimista, entusiasta y fervorosa, y otras una más realista y descarnada.  Lo hecho por Wicho, Madueño y Vial en ese momento fue algo nuevo por lo menos en la escena local, en un contexto en el que la música subte constituía un canal alternativo respecto de las manifestaciones artísticas más comerciales, y en cierta forma, más banales.

Más allá de que uno no esté obligado a comprarse pleitos por hacer arte, el mejor legado de una expresión tan exótica para esos años, fueron las ganas de querer hacer escuchar una voz oculta cuyas ideas y sentimientos se encontraban muy reprimidas. Pero además, el poder manifestarse sin miedo alguno, sin coaccionarse y sin recelos acerca de lo que los demás pudieran pensar.

Al mencionado profesor le preguntamos aquella mañana sobre qué era lo que él consideraba “buena música”. Señaló con mucho énfasis que en términos generales, la buena música es primero que nada, aquella que te guste a ti. Eso sí, personalmente para él, la buena música era sobretodo aquella que fuera hecha con honestidad, con el único fin de agradarse a uno mismo y no a los demás, y con juicios y convicciones que no se sometan a las presiones sociales. Por supuesto que la belleza y la estética son importantes, pero al mismo tiempo relativas a cada gusto. Siendo así, podemos reflexionar: el arte que hacemos, ¿Realmente es un fragmento de nuestra alma? ¿O una simple tarea encomendada por los estigmas que nos rodean?

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