Av. La Colmena: el brote del metal en Lima

Durante los 80’s en Centro de Lima, se gestó un espacio que permitió que toda una generación de jóvenes tuviera acceso a una vertiente musical poco comercial en ese entonces.

La ciudad de la ostentación colonial ha sido durante muchas décadas, y hasta el día de hoy, uno de los núcleos más importantes de la expresión cultural y la vida bohemia en Lima. Entre plazas, casonas y balcones también toman vuelo constantemente las manifestaciones musicales, y una evidencia de ello es lo que ocurrió hace más de 40 años, cuando el metal apenas y daba sus primeros vestigios en la cultura popular.

Grupos como Black Sabbath, Deep Purple, Judas Priest, y Nazareth, habían estado activos en el transcurso de los 70’s, pero como ya era costumbre, para encontrar su material en Perú era necesario explorar en lo recóndito. Durante esa década, los vinilos de rock pesado y metal en sus primeras huellas, tenían muy poca oferta en las tiendas más comerciales, y además, eran caros. Por esta razón fue que aparecieron espacios alternativos en los que pudiera conseguirse este material con facilidad. El antropólogo   Juan Carlos Alarcón realizó una investigación sobre este tema, en la cual se afirma que la raíz de este proceso de divulgación ‘underground’ estuvo en el Centro de Lima, precisamente en el Parque Universitario, por la Avenida Abancay.

En el último tramo de los 70’s, en esta ubicación se encontraban instalados varios ambulantes que vendían vinilos a un precio mucho menor, lo que en parte se debía a su condición de informales. Estos mismos sin embargo, solo duraron hasta que empezando los 80’s fueron botados del parque para posteriormente trasladarse a la avenida La Colmena, hoy por hoy, llamada oficialmente Nicolás de Piérola. Fue en este pasadizo en el que realmente empezó a tomar más fuerza el desarrollo de un círculo social conformado por los fieles al género. Discos de Iron Maiden, AC/DC, Motörhead o de Scorpions podían verse exhibidos en plena calle, juntos con los de los grupos ya mencionados.

Desde hace décadas los ambulantes han sido una pieza fundamental para la divulgación de contenido cultural en sectores populares cuya capacidad adquisitiva es escasa. Foto: Peru30

Cerca de las veredas los vendedores exponían los vinilos sus sencillos mostradores de madera, pasillos que también servían como centro de reunión para muchos aficionados. Venían de distintos distritos, chupaban a las afueras de la iglesia y la Villarreal, se mechaban de vez en cuando, detonaban un bullicio que alteraba el ambiente, eran parte de un grupo cultural que en el trayecto de los 80’s estaba por encumbrarse en el medio musical. Con camisetas gastadas, jeans descosidos y melenas aturdidas, apenas al mediodía ya estaban picados en plena avenida. Eso sí, muchos de aquellos jóvenes que frecuentaban los puestos y denotaban su interés por la música, se ganaron la confianza de ambulantes que los contrataban para hacerse cargo de las ventas.

En esa misma atmósfera, uno de los elementos más importantes y controversiales que se incorporó más adelante en el 85’, fue la venta de casetes piratas, que eran aún más asequibles, y que por la misma razón hicieron posible una difusión más amplia del metal. Fue un vendedor que empezó con esto, grabando vinilos en casetes, lo que en principio generó recelo entre los que aún vendían discos, quienes lo consideraban una competencia desleal. A pesar de ello, en los próximos años aparecieron más vendedores ‘caseteros’, incluso los propios clientes de estos ambulantes los empezaron a revender en otras zonas, todo era parte de un mercado libre que contribuyó a la escena ‘under’. 

Los que iban más a menudo a La Colmena eran sobre todo los que vivían en zonas aledañas como Breña y Rimac, pero casi siempre llegaban de varios distritos, e incluso algunos hacían viajes interprovinciales para reunirse. Foto: Facebook Público

Para esos años, ya habían aparecido en los casetes las ilustraciones de portadas de Kreator, Anthrax, Ozzy Osbourne, Megadeth, entre otros grupos de la corriente más pesada y agresiva cuyo auge había sido aún más notable en Estados Unidos, Alemania y Gran Bretaña. La concentración juvenil con dicho trasfondo musical, constituyó la esencia de La Colmena durante los 80’s, y esto se dio gracias a que el conocimiento de este espacio se pasaba de boca en boca alrededor de todo Lima. Especialmente los fines de semana concurría aún más gente por los conciertos que se daban en varios rincones del centro, en un momento en el que además ya se desenvolvía la movida subterránea.

Dentro del negocio ambulante y las charlas entre los melómanos que se reunían en esos recovecos, tampoco pasaban por alto las bandas peruanas que se habían formado en ese contexto. Kranium, Mortem, Armagedón, Óxido, Sepulcro, entre otras, tuvieron un lugar para el reconocimiento, y de hecho, muchos de sus miembros eran parte de la misma comunidad que asistía a La Colmena para descubrir sus fuentes de influencia. Fue gracias a atmósferas como estas que se engendró una colectividad que le brindó al metal un escalón dentro del entorno cultural.

Cualquier día, si nos encontramos paseando por la Av. Nicolás de Piérola, no estaría de más ponernos a pensar sobre lo que algún día aconteció a los costados de esas pistas de concreto. En un escenario en el que estas pasiones se heredan y se contagian, es probable que La Colmena haya sido el motivo por el cual, hasta el día de hoy, el metal siga latiendo con fuerza en varios grupos de melómanos al interior del país.

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