Cuando despreciamos la libertad

Si coincidimos en que el arte constituye la forma de expresión más libre ¿Por qué hostigamos tanto a quienes nos muestran su obra?

Hace apenas unos instantes me encontraba leyendo un artículo publicado en 2013 por Ramiro García Morete. Se titulaba ‘Limados: Rock Peruano’, y escribía acerca de la aparición de Los Saicos y las particularidades de sus rasgos musicales en el marco de los 60’s. Más que el enfoque principal de la nota, lo que más meditabundo me dejó fue un fragmento de la introducción del texto. Comentaba que, en cierto modo, el rock había aparecido en la música con el propósito de ser un infractor, de representar aquello que es lo inoportuno, lo rebelde. “Pero no desde una proclama de erudición ideológica o política, sino desde una instancia más primaria y visceral: la libertad en su estado más puro”.

Y es que si, por más que le diera vueltas, en resumen de eso se trataba, de libertad. La idea de poder dejar que fluyan vestigios de emociones y pensamientos en nuestra mente para después plasmarlos en una pieza melódica, una que si quiere, puede calar íntimamente en alguien cuyo mundo de nociones nos es totalmente ajeno. De hecho, me atrevería a decir que durante la segunda mitad del siglo pasado, el rock constituyó un rol fundamental en el cambio del panorama cultural juvenil.

Su influencia no se limitó solo ser un sonido que tuviera una gran capacidad divulgativa, sino que también configuró en muchos sectores una forma de vivir, un modo de ver el mundo y percibir la existencia. De algún modo, se trató en su momento de una subcultura que pregonaba en favor de la independencia, y en contra del dogma tradicional y la visión unidimensional. Le dio voz a muchos de los que no se sintieron en la capacidad de expresar su discurso en los formatos habituales, y le concedió sentido a la convivencia entre desconocidos cuyas ataduras les impedían liberar sus energías reprimidas.

No obstante, y como es lógico, todo esto se mercantilizó. A pesar de ello, las movidas alternativas nunca pararon de aparecer, y fueron estas mismas cuyo concepto fue tomado para los intereses del mercado. Pero claro, ante cualquier interés externo, puede prevalecer el gusto y la percepción del aficionado. El problema pasa cuando este, junto con muchos otros, interiorizan las lógicas del mercado para denigrar las propuestas que no son de su agrado: fue ahí cuando se perdió la libertad.

Quedó enterrada a varios metros de profundidad la proclamación por una libertad de expresión que tendría que imperar en la música. La manifestación indiscriminada del arte es probablemente el pilar de su esencia, pero también lo es el respeto y la tolerancia hacia esta. El arte desde siempre se ha incriminado, pero el poder de los medios modernos ha facilitado la difusión de las críticas destructivas que se hacen hacia esta. No somos las casas productoras que ciñen la música a ciertos estándares y patrones, pero en cierta forma los exigimos para que esa obra sea digna de admitirse, pues sino, a la carga.

Pero en términos generales, siempre he pensado que el hostigamiento hacía el arte solo denota odio a la libertad y la diversidad. Encarna indirectamente el desprecio hacía nuestra propia expresión, la humana, la que se personifica en tantas formas. Porque cuando transgredimos la libertad del artista, buscamos degenerar su obra, la que a este le autorrealiza. Entonces ¿Pedimos la libertad solo para nosotros, o avalamos el hecho de que alguien restringa nuestra expresión?

La duda es si de verdad podemos sentirnos libres en un entorno que detracta y hostiliza incluso las abstracciones desprendidas del alma, aquellas que uno con gusto comparte con el resto. Como dijo alguna vez un sabio, la obra de arte es un fragmento del alma de quien la realizó, y no hay nada más noble que honrarla y apreciarla. Al fin y al cabo, si provenimos de distintas etnias, culturas, o sociedades ¿Quiénes somos para tratar con repudio lo que es distinto?

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