Ayacucho y el rock subterráneo durante el terrorismo

En años en los que las personas no sabían si volverían con vida a su hogar, las expresiones alternativas de las bandas de rock ayacuchanas no se vieron silenciadas.

Es difícil aseverar que tantos tienen consciencia de esto pero, durante los 70’s, Ayacucho fue una región en donde se desarrollaron propuestas interesantes relativas al rock, cuyo desarrollo por aquel entonces era más que nada conocido en la capital. En la ciudad de las iglesias, en medio de casonas coloniales que rodeaban pasadizos empedrados y angostos, se forjaban algunos grupos que ponían en práctica un estilo influenciado por el boom sudamericano de ‘la nueva ola’. Fue con este nombre que se le denominó a la generación de artistas latinoamericanos que durante los 60’s y 70’s siguieron la corriente estadounidense del rock and roll y el rock psicodélico.

Según una investigación llevada a cabo por el antropólogo Juan Carlos Chirinos Fernández, cerca al centro histórico de Huamanga se ubicaban varios locales que albergaban presentaciones de bandas como Los Telestar, Los Belton’s, Los Sideral’s o Los Nailamp. En gran parte este gusto de los ayacuchanos se debía al estilo blando y romántico que tenían muchos de estos artistas, lo que igualmente no impidió que a la región llegara una tendencia que por aquel momento solo presentaba adeptos en la capital: el hard rock.

Neurosis fue la primera banda de la ciudad que se animó a ejecutar este género en 1975, tocando tributos de bandas como Led Zeppelin, Deep Purple y Gran Funk Railroad. No obstante, su actividad duró solamente un año, y poco después que esto sucediera se fundaría Supay Rock en 1977, cuya propuesta sería inédita a nivel nacional: folk rock. Si bien este estilo ya venía desarrollándose en EE.UU y Canadá, con este surgimiento entraba a Perú, y con la particularidad de que los integrantes del grupo emplearon instrumentos andinos. Esto era lógico en su adaptación al contexto, puesto que el prefijo ‘folk’ se ha utilizado en distintos géneros para adherir a estos, elementos de la música folclórica proveniente de determinado país.

El centro histórico de Huamanga fue en su momento uno de los núcleos de la expresión rockera en Ayacucho. Foto: Agencia Andina

‘Supay Rock’ era un nombre en quechua, que en español significaba ‘rock del diablo’. Dicho nombre de alguna forma tenía como propósito revalorar el quechua en una ciudad cuyos templos religiosos denotaban la influencia del colonialismo español, en una tierra que había sido el seno de variadas tradiciones nativas. De todas formas, sus temas no eran propios, y aquellos de los que hacían cover’s los hacían en español. Edwin Vásquez del Villar, quien fue miembro de la banda y era conocido como ‘Tampa’, le reveló en una entrevista a  Juan Carlos Chirinos que hubo obstáculos para darse a conocer, razón por la que tuvieron que esperar varios años para poder presentarse por primera vez en vivo.

Paralelamente, es inevitable mencionar que desde principios de los 80’s el panorama era fregado debido al terrorismo, lo que limitó aún más el auge de ellos y muchos otros artistas ayacuchanos. La región por esos años aparecía en las portadas de los diarios nacionales exclusivamente por las expresiones de violencia que se daban en su interior, con explosiones, coches bomba e intervenciones guerrilleras. Fue en ese contexto que, contemporáneo con Supay Rock, apareció Apocalipsis, una banda que ya era un hard rock más puro, también en español, pero que componían sus propias canciones, y que si logró un mayor impacto mediático.

La raíz de su temporal popularidad estuvo en un concurso nacional de bandas que se llevó a cabo en Lima, en la famosa discoteca No Helden en 1987. Apocalipsis había llegado hasta las semifinales en el certamen, recibiendo el aliento de muchos de los asistentes limeños que tenían conocimiento de la situación crítica en Ayacucho. La cuestión fue que, entre las fases del concurso se daban intervalos de unos cuantos días, y al no poder hospedarse en la capital, tenían que ir y venir de Ayacucho constantemente.

Durante los 80’s, el club/bar No Helden realizó concursos que hicieron posible la congregación de bandas de la escena punk y rock peruana de aquel entonces. Foto: SUBTE ROCK

Como el camino por tierra era muy arriesgado y peligroso (te cuadraban o asaltaban), los integrantes tuvieron que transportase por avión. De este modo, para cuando llegaron las semifinales, un par de integrantes ya no contaban con dinero para poder solventar el viaje, y en tanto el grupo no pudo asistir. Aun así, Apocalipsis quedó en la memoria de los melómanos limeños que por ese entonces llegaron a apreciar su performance.

No obstante, incluso poco antes de dicho concurso, se dio en Ayacucho un evento que sirvió como emblema para el movimiento rockero de la ciudad: Chapla Rock. La primera edición de este concierto fue el 9 de diciembre del 86’, y juntó en un solo escenario a Supay Rock, Apocalipsis, Oxígeno, Tóxicos, Resurrección, entre otras originarias de la región. El local para este evento fue el Cine Municipal, y podría decirse que su gracia principal era darle una plataforma a bandas que hasta ese momento, tenían poca o nula experiencia en presentaciones en vivo. Como se insinuaba desde antes, hablamos de grupos que producto de un contexto tan perjudicial y de la poca preferencia que tenían en otros locales comerciales, no habían podido gozar de la anécdota del ritual sagrado que constituía por unos instantes, el culto a la música.

El alma de un acontecimiento como este, se veía reforzado sobre todo por los impulsos de jóvenes anarquistas, rebeldes y que frecuentemente cuestionaban el sentido de su vida, así se lo declaró Ivan Flores (integrante de Resurrección) a Chirinos. Este concierto tuvo dos ediciones más hasta el 88’, en donde fueron invitadas otras bandas que iban apareciendo conforme se popularizaba la escena. A estas próximas versiones fueron bandas como Decidios, Nicho Perpetuo, Illao, Crisis Nerviosa, Orgus, Accesit, entre muchas otras.

La experiencia subterránea en Ayacucho no pudo ser ajena a los contratiempos que el terrorismo provocaba en la región serrana. Foto: Ministerio de Cultura del Perú

Por supuesto, en tiempos como esos no faltaron incidentes vinculados con el conflicto armado. Ya en la primera edición hubo percances por algunos actos de vandalismo de los que se informaron, y sobre los que se juzgó despectivamente al evento en medios locales. Pero además, en la segunda edición que se dio en el colegio Fátima, se dieron dinamitazos, un apagón y una balacera que hicieron que muchos músicos y aficionados pasaran por una experiencia que en ese momento los mantuvo consternados. Esto se lo afirmó Rafael Vargas (integrante de Tóxicos) a Chirinos, asegurando también que algunos de los que estaban ahí no llegaban ni a los 17 años.

Algunos de los grupos de esta llamada generación del Chapla Rock, continuaron incluso durante los 90’s con evidente dificultad. El comienzo de esta década significó en gran parte un silenciamiento de muchas expresiones contraculturales debido a las sospechas que ello pudiera generar en un gobierno que por esos instantes estaba con las alarmas encendidas.

De por sí, poder mantener un evento alternativo como este implicaba ciertos sacrificios que no muchos estaban dispuestos a hacer, y según comentan algunos de estos ‘subterráneos’ de los 80’s, los pocos eventos que se realizaron en los 90’s con el fin de imitar al original Chapla Rock, simplemente no eran lo mismo. Esto a pesar de todo, deja en la historia un legado importante sobre una manifestación que en un contexto adverso hizo lo posible por salir a relucir.

Deja un comentario

#SÍGUENOS EN INSTAGRAM